Una Historia de RestauraciónCarta de Sheila Slocum
En casa fui la niña más pequeña de tres hermanos y era muy querida por mis padres. Mi niñez pudo haber sido perfecta, si no fuera que entre las edades de nueve y doce años fui molestada sexualmente. Después que era forzada a tener relaciones, tenia mucho miedo de quedar embarazada, aunque todavía no estaba en edad de tener hijos.
Un día, mientras ayudaba a mi madre a lavar los platos, ella me preguntó qué pasaba. Aunque había sido amenazada y no quería decírselo, mi mamá persistió en averiguar quién era. Mi padre paró de abusarme, y nunca mas me sacaron el tema.
Era una pequeña niña herida y me sentía fea y sucia. Yo quería que los chicos se fijaran en mi, pero cuando no sucedía, me sentía más fea todavía. Yo me miraba en el espejo y lloraba. Acepté a Jesucristo como mi salvador en mi niñez y mientras crecía quería ser una misionera. Le testificaba a otros en la escuela. En el 1953 me gradué de la escuela superior y comencé a estudiar en un instituto bíblico.
En el 1955 mi mamá se enfermó y tuve que dejar el instituto para cuidarla. Luego comencé de nuevo a estudiar en una escuela de enfermería cerca de mi casa. Mis planes eran de ir al África como misionera. Trabajaba los fines de semana en una pista de patinaje. Un sábado por la noche un joven se me acercó y comenzamos hablar. Él me preguntó si alguna vez había escuchado la canción titulada “Ojos de Estrella”. Me dijo que había estado buscando por todo el mundo a una mujer que tuviera esos ojos y por fin la había encontrado. Jorge me mostró el amor que había estado buscando en un hombre y que pensaba que nunca encontraría. Él era diferente a otros hombres que había conocido; era bien parecido, de dulce hablar y encantador. Nos seguimos viendo y yo me enamoré.
Le pregunté si era creyente. Su respuesta fue “cuando era más joven pase al frente” Yo estaba tan desesperada de recibir amor que su respuesta me bastó. Empecé cada día a deslizarme y a apartarme del Señor.
Quedé embarazada y le dije a Jorge, quién sugirió que abortara. Tenía mucho miedo de decirle a mis padres porque ellos no lo querían a el. El quedar embarazada no era permitido en las escuelas de enfermería, así que escogí abortar.
No aprendí mi lección y quedé embarazada de nuevo. Jorge me sugirió que abortara otra vez y yo le dije que no. Tuve que hablar con la directora de enfermería. Como era de esperarse, me expulsaron de la escuela. Jorge y yo le mentimos a mis padres y les dijimos que nos habíamos casado secretamente. Jorge ya había estado casado cuatro veces. Escogimos una fecha de casamiento falsa, pero realmente nos casamos dos años mas tarde, ya con dos niños.
Nos mudamos a Chicago, a un apartamento infestado de cucarachas. Yo estaba tan necesitada de su amor que soportaba sus borracheras, que llegara tarde y sus mentiras. Nuestro primer hijo fue un varón. Unos meses después de su nacimiento quede embarazada de nuevo. Jorge también quería que abortara, pero me negué a hacerlo. El entonces sugirió que tomara unas pastillas que podrían causar el aborto. Su argumento era “si perdemos el bebé, era porque debía pasar. Si no, es porque lo debemos tener”. Yo empecé a tomar las pastillas.
Nuestra segunda hija nació mentalmente retardada con parálisis cerebral. Katty no podía tragar así que era un tormento cada vez que había que alimentarla. Mi hijo necesitaba atención y yo no estaba en condiciones emocionalmente como para dividirme entre los dos. Yo le doy gracias a Dios que nunca le hice daño a mi hijo como consecuencia de mis frustraciones. Yo le echaba la culpa a Dios por no haberme enviado un “hombre cristiano” que se enamorara de mí. Eso era más fácil que tomar responsabilidad por mis decisiones equivocadas.
Después de nuestro tercer hijo, Jorge dijo que se iba de la ciudad por un tiempo. Cuando la policía vino a casa con una orden de arresto contra él, me di cuenta que se había ido con otra mujer. Él había escrito algunos cheques sin fondo y la policía quería saber en donde estaba. Yo no sabía. Empecé a empacar y pensaba mudarme con mis padres. Después de una semana Jorge llamó. Le dije que lo iba a dejar, pero él insistió y me prometió que iba a cambiar. Yo decidí darle otra oportunidad.
Yo estaba emocionalmente destrozada y muchas veces le pegué tan duro a Katty que le hacía marcas. Le ponía un poco de maquillaje para que Jorge no se diera cuenta. Yo leía historias de padres maravillosos que criaban niños mentalmente incapacitados y yo me sentía muy culpable. Mis abusos no eran los únicos que sucedían en la familia. Los cambios bruscos de temperamento de Jorge podrían ser fuertes. El nunca me pegó pero me gritaba y maldecía. Él le pegaba duro al hijo mayor, pero yo estaba muy débil como para protegerlo.
Colocamos a Katty en un centro de cuidado diurno y yo comencé a trabajar en una oficina de doctor. Allí aprendí que las pastillas que tomaba cuando estuve embarazada de Katty provocaron que naciera con parálisis cerebral. Mi corazón gemía por tener una relación con Dios, pero mi culpa formaba una barrera. Yo pensaba que ya mi vida no tenia remedio y que el nunca me perdonaría. Mi matrimonio mejoró y tuvimos otra hija y un hijo, pero todavía tenia mucha culpa en mi corazón.
Empecé a ir a la iglesia. El pastor una vez me preguntó, “si tú murieras hoy y estuvieses en la presencia de Dios, ¿te dejaría Él entrar al cielo?” En mi casa lloraba porque pensaba que Él nunca me dejaría entrar. En el 1976 una amiga me invitó a un grupo de mujeres cristianas. La que estaba dirigiendo la reunión explicó como ella había conocido a Jesús como su Salvador. Ellas nos pidió que mirásemos a las demás mujeres en las mesas. Vi damas que estoy segura eran creyentes muy consagradas. Ella entonces dijo: “La Biblia dice que todos hemos pecado y estamos destituidos de la Gloria de Dios”. Yo sabia que era pecadora. El Señor me abrió los ojos espirituales porque se me había olvidado que TODOS hemos pecado.
Ella nos dijo que si confesamos nuestros pecados Dios era fiel y justo para perdonarnos de todo pecado y limpiarnos de toda maldad. Yo confesé mi pecado y sabia que había sido limpiada ese día. Dios comenzó a cambiarme. Empecé a estudiar la Biblia y a crecer espiritualmente. En casa era muy difícil ya que mi esposo entonces me decía que era una fanática religiosa. Yo estaba enamorada de Jesús, pero no quería que Jorge se molestara ni quería ofenderlo.
En octubre de 1978 un doctor me llamó desde Detroit y me dio la noticia que Jorge había fallecido. Le dio un ataque de corazón en uno de los viajes de negocio que hacía. De mis cinco hijos, tres todavía estaban en casa con edades de diez y seis, nueve y seis. El Señor fue mi fortaleza. Sola, los crié con muy poco dinero. Manejé un ómnibus escolar, vendí bienes raíces y limpié casas. Dios suplía nuestras necesidades. Milagros de como Dios proveía eran parte de nuestras vidas.
En la primavera del 1979 dediqué mi vida a servir al Señor en las misiones, pero no fue hasta el 1989, luego que mis hijos se graduaran de la escuela superior que el Señor puso en mi corazón el deseo de unirme a Operación Movilización (OM) como misionera. En el verano del 1989 fui a un estudio bíblico que trataba sobre el tema de las raíces de amargura que estorbaban en el alma. Mis raíces de amargura comenzaban desde que fui abusada sexualmente cuando era niña. Juntos, Dios y yo miramos al pasado. Buscando reconciliarme con otros, busqué a Katty, me la llevé a un parque, la tomé en mis brazos, y llorando le pedí que me perdonara por todo lo que le había hecho. Ella no podía decir muchas palabras, pero entendió mi corazón. Ella sólo me amaba. Le pedí también a mi hijo Jeff que me perdonara por haber abusado de él cuando niño y por no haberlo protegido cuando su padre hacía lo mismo con él. Él dijo que nunca había pasado. El no estaba listo para enfrentar lo que pasó.
Volví a mi casa, me arrodillé y vacié mi corazón a Dios llorando. Le entregué toda mi amargura, vergüenza, culpa, ira y dolor a Jesús. El tomó todas estas cosas y las clavó en la cruz. Paz y gozo inundó mi alma.
